La noche punto de capitón

EL TESTIMONIO: DE LA INDIGNACIÓN DE SÍ A LA DIGNIDAD DEL SINTHOME[1]

ALEJANDRO REINOSO[2]

La indignidad del sujeto se instaló con el acontecimiento traumático del significante que marcó el cuerpo. Tú no sabes qué es el hambre, dijo con severidad el abuelo ante el grito del niño que llegando a casa declamaba en voz alta su hambre después de una jornada escolar. El objeto voz enmudeció con un efecto de denigración del decir. Indignidad en el no saber. La mirada, desde lejos, armó un reducto de goce acompañando la respuesta de huida del cuerpo.

Efecto constituyente doble. Por un lado, el síntoma, el pensamiento reverberante que insistía en permanecer o retroceder: ¿estoy o no estoy?, ¿será este el lugar?, ¿será esta la relación?, el pensamiento que se anudaba a la huida. Por otro lado, el fantasma fundamental cuyo axioma si hablo muero, mejor escucho al otro en silencio y miro, instalaba un programa de goce cuya construcción en análisis ubicó el lugar de la escucha a otros sufrientes, lugar que restituía cierta dignidad en el valor fálico, con la voz propia aplanada y silenciada. El punto de partida fue cuidar al hermano bajo la insistencia de la voz materna que empujaba y abría la puerta al goce sacrificial, alentando el odio al otro. Entonces, había que pensar bien antes de hablar; solo mirar y escuchar el sufrimiento de los demás; escuchar de más, ocultándose sin aparecer y con un deseo constante de huida.

El serio y la risa

El S1 “serio” como identificación proveniente del otro, el abuelo materno, permitiría al sujeto anclarse en la cadena y anudarse al goce fantasmático. Un S1 que produciría efectos segregativos desde la infancia: entre los serios y los poco serios. Entre mi abuelo materno, el serio, y mi padre, el poco serio. Voz materna y familiar. Así, en el colegio, la universidad, incluso en la Escuela el empuje era a sintonizar con los que veía serios en el trabajo. Hacerse serio para obtener una precaria dignidad de vida, desprovista de vivacidad y chispa.

De este modo, había dos declinaciones de la indignación de sí. Una, la indignación con el síntoma, irritante, el exceso de pensamientos y el deslizamiento de decisiones, con el alivio indigno, cobarde y poco viril de la huida. Esta indignación de sí se nutría del ideal y de la esperanza del cambio propio. La otra declinación de la indignación de sí emergía con la desregulación del fantasma: con la vergüenza de la voz desautorizada, escuchando de más hasta lo indecible, solo mirando de lejos; el desfallecimiento máximo del fantasma era la angustia de hablar en público y cuando aparecía la demanda de amor del partenaire.

Había elegido al analista por su seriedad en el trabajo y también por la otra lengua, la misma del abuelo. Esa seriedad del analista contrastaba con su sonrisa y sus sonrisitas sin sentido. Eran una mueca de lo real que me perturbaba. El sueño, soñado y relatado en italiano, en el cual comía con gusto arroz a la cantonesa, il riso a Lacan-tonese, la-risa-a-la-Lacan que interpretó el analista, introdujo un antes y un después en el análisis, y en el cuerpo. Efecto: un reencuentro inédito con la risa que antes atemorizaba, una risa que odiaba en los poco serios, pero que en realidad envidiaba de mis compañeros de colegio que reían sin razón alguna, cuando la vida era seria, para mí y para muchos en el Chile de Pinochet. Aparentemente gozaban distinto, pero no era otra cosa que el odio al propio goce. Desde dicha interpretación se produjo una torsión y la risa quedó habilitada e incluida en una consistencia distinta en el cuerpo y también habitando en mi práctica analítica. Eso que me indignaba de la risa devino placentero y digno.

El atravesamiento fantasmático, además de la transformación a nivel de los objetos, velamiento del todo mirada y desamordazamiento de la voz silente, tuvo otro saldo: servirme del significante serio, pudiendo jugar ahora al serio, aspecto en el cual no deja de resonarme la frase de Freud “el juego no es lo opuesto a la seriedad”.[3]

La dignidad del sinthome

Después de varias últimas sesiones donde aparentemente estaba todo claro para hacer la demanda de Pase, algo sucedía que no lo hacía, al punto que me preguntaba si también huía del pase. No tenía sentido no atreverse si todos los caminos llevaban a Roma. A la ultimísima sesión de análisis llevé un sueño que era una insistencia del sueño de la-risa-a-la-Lacan. Soñaba que testimoniaba ante un auditorio de esa interpretación del sueño y su efecto de ligereza en mi cuerpo. Fin. Entonces, le digo al analista: “Ya es hora, no-hay-marcha-atrás” y él repitió esa frase tres veces antes de despedirse: “no-hay-marcha-atrás”.

La demanda de Pase a la Escuela advino inmediatamente después de un sueño, que relaté en mi primer testimonio, en el cual “estaba rodeado de gente, frente a una mesa donde había un libro que se parecía a un ejemplar que tengo de las obras completas del poeta Constantino Kavafis, del cual el poema Ítaca es para mí de retorno habitual. En la cubierta del libro había escritas varias frases dispersas que iniciaban con la palabra Laudo, en latín y mayúscula. Solo alcanzaba a leer esta palabra al inicio de cada frase y no veía el resto. Eran frases que estaban ubicadas en forma dispersa en distintos puntos de la cubierta del libro, todas con diversos tipos de letra, caracteres, cursivas, etc. Al centro del libro estaba la palabra francesa Ouïr en mayúscula”.

Leí el Sí (Oui), Ouïr que significa oír en francés y Huir, escapar. Sí-oír-huir. Letra que nombra al sinthome y que no remite a ningún sentido. Toma del francés un verbo, pero lo singulariza incluyendo una torsión del síntoma huir e introduciendo lo pulsional invocante, oír. Se inscribe el no-hay marcha-atrás como un hay del Ouïr.

Laudo indica elogio y veredicto final. Fulgor de lalangue. Algo se elevó. Un Sí totalmente diverso de la indeterminación neurótica. En un breve encuentro con el analista le cuento sobre el sueño y la demanda del Pase a la Escuela; él puntualizó J(ouir), gozar. La dignidad del sinthome inscrito en un libro de Kavafis, una Ítaca singular de un modesto Ulises que huye y oye de otra manera. Es un saber hacer con la huida y el oír. A nivel del cuerpo es un retroceder-hacia-adelante, y leo cuando mi cuerpo se quiere ir o bien avanzar. A nivel del oír es escuchar menos y no escuchar de más.

Inmediatamente escribí al Presidente de la Eurofederación para hacer la demanda de Pase. Acto sin pensamiento, fui de a poco acusando recibo de lo que estaba haciendo. Sin miedo. Autorización de sí.

Para mí, el más allá de la indignación es un paso del huir al Ouïr y un amor al sinthome.

La indignación y la Escuela en el ultrapase

Antes me indignaba de un particular modo con La Escuela. Era una indignación quejosa, melancolizada, con escasa voz y menos jugada. Marcado por un ideal de Escuela aristocrática, sí, de aristos, es decir, la de los mejores. Así es fácil indignarse… Una indignación, propia del discurso histérico, que desaparecía cuando se verificaban experiencias contingentes de Escuela.

¿Qué de la indignación en el ultrapase? No es una posición Zen. Puedo localizar por ahora algunos puntos precisos en las Escuelas que encienden en mí una indignación ética: cuando aparece la infatuación del “entre nosotros” que tiene a veces visos del endogrupo sectario y más aún cuando aparecemos como apocalípticos salvíficos, mejores que el resto; cuando la dignidad de la Cosa y de lo indecible se sobresatura con el sentido pues sabemos demasiado; también cuando confundimos el hablar de la Escuela con hacer experiencia de Escuela y hablamos de más; en menor medida, cuando exaltamos el agujero y quedamos fascinados ante él como una suerte de mística con escaso trabajo. Ven, ya casi me estoy poniendo serio.

Entonces puedo decir que la indignación ética ante ciertas formas de consistencia y subjetividad colectiva es una indignación en la que, cuando me permite maniobrar, me oriento con la indicación de Miller, en la “Teoría de Turín acerca del sujeto de la Escuela”, de reenviar al trabajo. Cuando no se puede, simplemente Ouïr.

Ouïr en el ultrapase

Un sueño en el ultrapase me permite darle otra vuelta al sinthome.

No sabía en qué país estaba. Me decía: “No hay otro destino que el exilio. Está decidido entonces”. No sabía tampoco a qué país iría. La mujer que estaba a mi lado me decía: “no puedes llevar nada”. Mejor, pensaba. Me deshacía de todo lo que tenía. De todos modos, tomaba un volumen de las obras de Freud y otro libro que no alcanzaba a distinguir. La mujer sonrió e hizo una mueca como diciendo: “incorregible”. Le digo: “ahí donde vaya habrá colegas”. Fin del sueño. Me despierto riendo, ¡¡Ouïr!! Un Ouïr enlazado a la Escuela Una, sin país, salvo el del psicoanálisis, que no existe con soberanía pues lo hacemos existir con contingencias y transferencias de trabajo. Es un exilio Otro que como destino aloja un agujero de significación y el dulce desarraigo de las identificaciones, salvo la del sinthome. Un lugar paradojal, ex-sistente y ausente, es un topos con colegas. Una extraterritorialidad digna, un “estar sin ser”, contingente, que apunta a producir encuentros, a hacer un lazo social más allá de las tres formas de identificación freudianas, donde la misma Escuela es una comunidad ruselliana del conjunto de los que no pertenecen a ningún conjunto.[4]

¿Y la mujer del sueño? Hablaré de ella en el próximo testimonio, “Lo femenino en un hombre”, sobre la relación con el objeto, el S(A/ ) y el más allá del falo, texto que estaba escribiendo cuando me invitaron al ENAPOL. Espero compartirlo con ustedes en algún momento.

Creo que la indignación ética aparece esencialmente ante la constatación del rechazo de lo femenino.

[1] Testimonio presentado en la Sesión plenaria “La indignación, más allá…”, en el IX ENAPOL, “Odio, Cólera, Indignación. Desafíos para el psicoanálisis”. São Paulo, Brasil, septiembre 15 de 2019.

[2] Psicoanalista en Santiago de Chile, Chile. Miembro de la Nueva Escuela Lacaniana (NEL), de la Scuola Lacaniana di Psicoanalisi (SLP) y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP), Analista de la Escuela (AE 2018-2021) de la Escuela Una.

[3] Freud S., El creador literario y el fantaseo. OC Sigmund Freud Vol. IX, Amorrortu, Buenos Aires 1992, p. 127.

[4] Miller, J.-A. El banquete de los analistas, Paidós, Buenos Aires 2005, p. 255.

Scroll al inicio